Felicità!

¿Cómo se constituye tu felicidad? ¿Cómo se constituye la mía? ¿Qué tienen en común las situaciones/objetos que hacen felices a la mayoría? ¿Existen éstas?

Así como una de las definiciones de salud implica la ausencia de dolor, para mi la felicidad consiste en el arte de la simplicidad.

Es complejo desarticular nuestros pensamientos automatizados para encontrar, por caminos paralelos, formas más sencillas de resolver dilemas cotidianos. ¿Por qué será? ¿Será que tenemos instaurado/arraigado dentro nuestro que más difícil es mejor?

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Hay algunas asociaciones que a veces surgen como:

  • fácil y rápido
  • dificil y lento
  • fácil y mediocre
  • difícil y meritorio

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Por favor, no. ¡Alto ahí!

Desandemos y deconstruyamos esos vínculos.

Que lo fácil, simple, sencillo nos de goce. Nos de tiempo para hacer otras cosas o nos permita disfrutar durante más tiempo otras tareas.

Que el placer sea permitido. Que haya placer y felicidad por las pequeñas cosas del día a día.

Que no hacer nada esté bien visto. Y no sea de vago. Sino de feliz. Y yo, acá estoy. Siendo feliz, o al menos, más que antes.

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Carpe diem.

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felicidad

Del lat. felicĭtas, -ātis.

1.f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.

2.f. Persona, situación, objeo o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz.

3.f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos.

 

El tiempo, esa cosa que se va

Tempus fugit

El tiempo, esa cosa que se va.

Que cuanto más la pienso más se me escurre entre los dedos, como si fuera fina arena que pasa sin obstáculo ni resistencia por los espacios que hay entre mis falanges proximales.

Esa cosa preciada. Ese tesoro, fugaz, melancólico.

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¿Para qué correr constantemente? ¿Qué sentido tiene pasarnos el día apurados, pensando tanto en el pasado y/o en el futuro sin cesar ni respirar ?

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Estamos mal acostumbrados a hablar sin propiedad. Nos referimos al futuro diciendo: “ahora“. Pero ahora es ahora, ahora no es después, ni después es ahora.

Y las palabras tienen gran valor. Y son como una creencia, una fe, que cuanto más se repite más se instala desapercibidamente en nuestros cerebros.

Palabras, sutiles, palabras, pesadas.

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Ahora, me fui. ¿Que contradicción, no?

 

Separador real

Desperté y cerré los ojos.

Ya no duele.

¿Magia? No creo…

Tiempo, herramientas, personas, sesiones, estrategias, ejercicios, reflexiones, silencios, llantos, risas, insights, un poco de todo.

No pasó tanto tiempo pero parece que fue un montón.

Que vivimos un montón de momentos y que ya un mar embravecido pasó por abajo del puente que nos separa.

Ya no me pregunto si volverás. Casi que no me pregunto que andas haciendo ni quién te acompaña. Simplemente no me importa (más).

Dudo de tal avance entonces pruebo con ciertos gatillos emocionales, con cautela de gato que camina por una medianera. Y así me doy cuenta de que , (todavía) hay rastros, huellas, cicatrices. Casi como un separador de libro que dice: “aquí hubo un duelo”.

Probablemente éstas permanezcan conmigo por siempre, como señal de que fue real y no un sueño.

Ser mujer y querer

Quiero ser mujer y no tener miedo.

Soy mujer y deseo.

Deseo poder salir a cualquier hora y tener asegurado mi regreso.

Deseo poder correr cuando me apetezca, porque ya de por sí es dificil encontrar las ganas para salir a entrenar fuera del entorno “seguro” de un gimnasio.

Quiero ponerme la ropa que se me antoje. Sin importar cuán corta o translúcida sea. Quiero que sea verano y no tener que andar cubriéndome de las miradas de lobos verdes cuando hace un calor de derretirse.

Quiero maquillarme antes de salir, y no al llegar a mi destino.

Deseo que no me traten de prostituta cada vez que observo y compro preservativos en cantidad, o voy por juguetes sexuales, o me intrigo por el mundo de nunca acabar de la sexología.

Soy mujer y ojalá pudiera volver a mi casa caminando en vez de gastar fortunas en taxis o Ubers, o de que alguien me acompañe. Me gusta la soledad. Me gusta caminar sola. Y está bien que así sea. Pero no debo, es peligroso.

Soy mujer y ojalá pudiera mudarme a cualquier barrio de la ciudad, guiándome únicamente por las características del apartamento y no por los reportes de secuestros/violaciones/femicidios/villas miseria de la zona.

Soy mujer y deseo que no discriminen mi cuerpo cuando estoy menstruando. ¿Acaso me están criticando por no querer tener hijos? ¿A qué se debe ese asco por el cuerpo ajeno sangrante? ¿Acaso la sangre no es indicio de salud y libertad? Tanta gente preocupada por tests de embarazo positivos y métodos anticonceptivos de emergencia, y en paralelo ese desprecio por el cuerpo rojo. Tanta gente que desconoce que por la dictadura del cuerpo bello, muchas adolescentes y mujeres jóvenes entran en amenorrea y dejan de ser fértiles por largos tiempos.

Tanta ignorancia.

Tan poca empatía.

Tanta soledad.

Aun así deseo, sigo deseando. Es un deseo infinito.

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Éstas fueron algunas cosas que se me ocurren cuando salgo tarde en la noche rumbo a algún lugar, o sencillamente a pasear a mi perra.

Justicia y merecimiento

Sistemas de premios y castigos.

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“No, mi amor. No es justo, no merecés esto.”

La gente, la mayoría de las veces, no tiene cosas porque sea justo, porque lo merezcan o porque (algún) dios así lo quiso.

Hay demasiadas determinantes que llevan a la posesión o no de objetos, a la vivencia de un suceso específico, a ganar y a perder.

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La vida no es justa. La justicia es algo que sucede dentro de un juzgado, y muy pocas veces por afuera.

En vez de justicia, prefiero pensar en el azar y las mil y una variables.

Nada de teología ni metafísica, nada de “¿por qué?” ni “¿para qué?”. No sirve. Es fútil. Es un quemadero de neuronas a cielo abierto.

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Apreciemos con ojos curiosos lo que va surgiendo para modelar así la realidad según cómo percibamos los hechos. Sorprendámonos y sorprendamos. Seamos directores de orquesta.

Somos dueños de las acciones que llevamos a cabo y antes planeadas en nuestro fuero interno y también somos directores de las reacciones a lo externo. Parecerá poco para algunos, será injusto/insuficiente para otros pero, vale, es un montón.

Soledad, acá están mis credenciales

Ese es el título de una canción.

Algo puntual, finito.

¿Pero qué pasa y qué hacemos cuando nos sentimos solos?

En un polo, están los que se aíslan para así -sin quererlo- perpetuar el círculo vicioso de la soledad. Y por otro lado, están los que comparten compulsivamente a conocidos y desconocidos cosas sobre su vida para exhibir, cual vidriera, su vida privada.

Compartir. Ese botón que es apretado tal vez más veces de lo que la prudencia diría.

¿Y qué con esto?

Vale… lo que pasa es que en esta última situación, quizás no veis el riesgo que acarrea. Quizás no veis que la información compartida es utilizada por terceros para capitalizar sus negocios, y que también puede ser visualizada por personas cuya estabilidad mental es dudosa.

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No propongo prohibir ni censurar, sino tan solo están atentos sobre qué compartimos y con quiénes.

Y, antes que nada, preguntarnos en momentos de soledad. ¿Qué siento? ¿Por qué me incomoda? ¿Qué percibo que necesito ante esta sensación/emoción? ¿Busco alivio fugaz o duradero? La mayoría de las veces la respuesta a estas preguntas no va a ser compartir desproporcionadamente intimidades. Para pensar…

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atender

Del lat. attendere

  1. tr. Acoger favorablemente, o satisfacer un deseo, ruego o mandato.
  2. tr. Esperar o aguardar.
  3.  intr. Aplicar voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o sensible.
  4. intr. Tener en cuenta o consideración algo.
  5. intr. Mirar por alguien o algo, o cuidar de él o de ello.

La paz de la pasividad

Según como sean los primeros años de nuestras vidas, desarrollamos durante la adultez patrones de comportamiento con tendencia a la (pro)actividad o bien a la pasividad.

Como todo patrón, este conjunto de conductas estereotipadas, suele ser inconsciente. Pero a veces determinadas circunstancias o hechos hacen que lo registremos.

Fue así, que en un día la indicación/recomendación de un otro neutral fue la siguiente:

-De ahora en más, no insistas porque de ser así, empeorará. Ignoralo y, confiá, que solo (se) va a explotar.

Y así, pocos días después, la profecía se cumplió. La sorpresa fue inmensa.

¿Cómo podía ser que esa actitud, tan contra natura hubiese funcionado? ¿Acaso la regla no es “cuanto más, mejor”?

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Más, más, más. No descansar, no pensar, no reflexionar. Seguir. No parar. Concretar algo y seguir avanzando. La vorágine de la actividad permanente. Descanso es mala palabra. Descansar es para vagos y/o viejos.

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Lo que pasa es que nuestra naturaleza no siempre se alinea con una lógica universal, sino que se moldea según las experiencias pasadas y, de a ratos, recalcula -erróneamente- hacia el futuro.

Conclusión, es tan importante confiar como desconfiar, de uno mismo y de los otros, para así salir del piloto automático.

Detenerse, analizar, de ser necesario redireccionar, y seguir.