Accionar vs. posponer

Puse el despertador bien temprano el viernes a la noche, con una sensación entrecruzada de molestia y orgullo.

Me levanté el sábado cerca de las 8am, y parecía que seguía siendo de noche, ya que nunca había amanecido.

El cuerpo me pesaba y la cabeza estaba confundida del sueño y del escaso descanso, pero sentí que tenía que despabilarme, abrigarme y salir.

Escuché truenos a lo lejos: la tormenta se anunció bien fuerte.

Pedí un taxi por el celular. Despedí a mi compañero con un poco pena ya que las ganas de quedarme en la cama bien tapados eran enormes, pero algo en mi me hacía sentir que no debía seguir posponiendo mi tarea. Junté valor y salí a por ello.

Ni bien atravesé la puerta del edificio empezaron a caer gotas. Gotas pequeñas, medianas y luego grandes y pesadas. Por suerte todavía no había refrescado tanto como otras veces. Subí al auto escapando de las gotas y enseguida arrancó.

El viaje no era muy largo pero a mi los autos me dan náuseas y había poca circulación de aire en el auto. Mala combinación. Me sentía en un barco sufriendo bravas oleadas.

De pronto el cielo se oscureció aun más y se largó a llover con fuerza. Llegamos a mi destino, me empecé a sentir un poco peor físicamente, bajé.

Llegué al lugar y el vendedor me explicó que el producto que me interesaba había sido comprado hace unos días. Se río. Refunfuñé para mis adentros deseandole el mal. De pronto me iluminé: recordé que la primera vez que había visto dicho producto también había contemplado un par de opciones más. Revisé el salón que contrastaba con el exterior oscuro y mojado. Todo iluminado y bien seco. Local vacío y vendedores medio dormidos (igual que yo). Encontré otra opción que me cerraba. La llevé y reservé la lámpara que se habían llevado – supuestamente – hace unos días. Me fui cansada y contenta con mi luminaria toda protegida con bolsas y cartones cual bebé recién nacido.

A los pocos días se decretó aislamiento preventivo social y obligatorio (APSO) en Argentina. El local cerró (temporalmente), el vendedor me contactó para explicarme que la reserva quedaría pospuesta. Tres meses después, una mañana temprano mientras usaba la computadora, al lado de la cual tengo mi velador nuevo, me llegó un mensaje de texto en el que me avisaban que acababan de re-abrir el local.

Menos mal que fui esa mañana y que me “hice” el tiempo para ir.

Me causó gracia y resonancia escuchar a una señora hablar con otra en la vereda, barbijo mediante, terminando una frase de la siguiente manera: “…ahora que (con la cuarentena) tenemos tiempo“.

¿Cómo usas tu tiempo? ¿Mucho SNOOZE?

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