Luz y oscuridad: memorias somáticas

Las visualizaciones más profundas no solo surgen de imágenes o momentos diurnos.

Fue un viaje que planee poco y compré con cuatro o tres meses de anticipación. Pedí prestado un mapa, me guié por la intuición y por la necesidad de salir de la ciudad. También me llevé de estreno un esguince de tobillo recién salido de media rehabilitación kinesiológica, un par de bastones, una mochila pequeña y un termo todo terreno. Para mi, me llevé lo indispensable. Sin contar unos 20 libros en formato digital.

Me acuerdo con lujo de detalles dos noches. La primera, en la que llegué al pueblo. Y una en la que se observaban hermosas las estrellas en el cielo.

La primer noche fue en la que llegué, era septiembre, la primavera había comenzado hace tan solo cinco días. Eran unos minutos pasadas las 21hs. Fue un viaje en bus de menos de 3hs, pero la excitación por el viaje, el cansancio de las mudanzas (tres en 7 días) hicieron que cayera en un sueño profundo. Me levanté cuando el omnibus estaba llegando a la terminal.

Bajé y parecía un pueblo fantasma. No se divisaban luces, solo oscuridad. Como era un pueblo y era tarde, estaban todas las oficinas y negocios de la terminal cerrados. Solo estaba abierto el baño. Me abrigué (ya que estaba más frío que en la ciudad de donde venía de pasar unos días antes) y me cargué la mochilota en la espalda. Decidí seguir de lejos a algunos turistas que se veían confianzudos en su andar, la realidad es que no tenía el mapa a mano y no creí que fuera necesario sacarlo. Mi hostel quedaba supuestamente a 20 cuadras de la terminal. Desde la comodidad de la silla de mi oficina, cuando saqué los hospedajes, me pareció una distancia diminuta. No contemplé el sueño, el frío y el hambre que iba a tener en ese momento.

Al exhalar noté como el aire que salía de mis pulmones se volvía vapor de agua. Hacía frío frío, hace poquitos días que había pasado el invierno a la primavera, pero en el sur eso todavía no se notaba. Caminé por la calle principal, recuerdo la luz amarilla que estaba cada 50 o 100 metros marcando el camino. Me topé con un mercado: abierto. Milagro. Compré una cerveza negra pequeña y una manzana. Manzana vieja, sucia, olvidada. Apuesto a que estaba sentada ahí esperando hace más de 5 días… cosas de pueblo. Pedí que me abrieran la cerveza y retomé mi caminata, mientras bebía de a sorbos.

Apareció luego un monumento enorme a los mochileros. Supuestamente estaba en la cuna de los mochileros a nivel América.


La segunda vez fue una que salí a caminar de noche, un día que había estado feo y no me permitió salir a recorrer mucho, no más de 5km. Me acuerdo que hacía frío, mucho frío. Y que me daba mucha intriga conocer todos aquellos locales que ahora, por ser temporada baja, se encontraban cerrados. Me los imaginé abiertos.

Entre a una fábrica de cerveza que estaba cerrada pero que tenía una suerte de bancos en su entrada, de libre acceso. Me senté y luego acosté mi espalda. De pronto, ante mis ojos, el cielo, negro azulado, profundo y lleno de estrellas. Mis ojos tardaron en acostumbrarse. Hacía más de 4 años que no veía algo así, y de hecho me pareció que esta la superaba en belleza. Progresivamente fui viendo cada vez más a la par que mi cuerpo se enfriaba por la falta de movimiento. No importó. Qué hermoso el cielo. De pronto todo lo que veía como oscuridad, se iluminó. No sé si la luna estaba llena pero su luz era suficiente para alumbrar todo lo que las luminarias inexistentes del pueblo no alumbraban.

Hermosa noche, hermoso pueblo, hermoso momento.

Me di cuenta de que siempre están ahí, aunque no las veamos. Del rol esencial de los astros, el sol, la luna, las estrellas. De como en las ciudades, a veces, el smog y la contaminación no nos permiten verlos, y así nos perdemos. Perdemos la orientación y el sentido de la ubicación. Tenemos lluvias que duran varios días producto de los gases de contaminación de las fábricas e industrias que están dentro y rodeando las grandes ciudades. Tenemos la contaminación del transporte privado y público. Contaminación sonora, contaminación visual. Salvo en días de cortes masivos de luz o de luna llena con cielo despejado, nos olvidamos de las estrellas, porque no las vemos. Porque es como si no estuvieran. Nos olvidamos de ellas y nos olvidamos de nosotros. Están ahí, siempre están ahí.

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